| ESCRITO POR JAVIER CACHÉS |
Uno de los datos elocuentes de las elecciones es que el peronismo sigue reinventándose a sí mismo y goza de una vigencia notable. Entre las tres fórmulas justicialistas que se presentaron (Cristina Kirchner, Eduardo Duhalde y Alberto Rodríguez Saa) obtuvieron el 70% de las preferencias ciudadanas. Claro que el kirchnerismo poco tiene en común con las otras dos ofertas electorales “compañeras”; expresan proyectos y programas de gobierno opuestos, siguen liderazgos cualitativamente diferentes e interpelan electorados alternativos. Su suerte en las urnas, pequeño detalle, fue también muy dispar.
El 50,2% obtenido por el Frente para la Victoria (FpV), y reafirmado en el recuento definitivo a pesar de la bronca de la oposición y de la impotencia de los grandes medios de comunicación, le allana el camino al oficialismo para extender 4 años más su mandato a cargo del Ejecutivo. El triunfo, inapelable y legitimado a lo largo y ancho del territorio nacional (ganando en 23 de los 24 distritos electorales) parece expresar conformidad generalizada por el sendero político y económico transitado.
Circunscribir el voto kirchnerista a un mandato ideológico es erróneo; la historia de nuestro país enseña que las mayorías electorales, en estas pampas, se construyen con coaliciones amplias, policlasistas, heterogéneas. La colecta de votos del FpV suscitó adhesiones muy variadas; desde acérrimos defensores de la política de derechos humanos, hasta quienes toleran la represión policial en Jujuy y Formosa; el abanico de apoyos del kirchnerismo es extenso y variopinto. Esta amplitud sólo puede ser contenida por un liderazgo político –el de Cristina- que trasciende y articula las contradicciones de la coalición de gobierno.
A pesar de la heterogeneidad de la mayoría electoral que constituye el FpV, es posible rastrear una línea matriz de políticas, una columna vertebral que es propia de la genética k: crecimiento económico, caída del desempleo, recomposición salarial, mejora de los fondos de pensión, autonomía de la política frente a los poderes fácticos (vía desendeudamiento, por ejemplo), extensión de las políticas sociales. Sobre esta base se sustenta el ciclo político inaugurado en 2003, siempre amparado bajo la idea de un Estado fuerte capaz de sustraer a los individuos de los riesgos del mercado. El desafío para los próximos 4 años no es menor: habrá que pensar cómo seguir ampliando la frontera de derechos y acumulando nuevas voluntades, al tiempo que se consolida todo lo alcanzado hasta ahora. Se trata, en definitiva, de pensar una nueva agenda de políticas. Gravar la renta minera y financiera y reformar el sistema impositivo son quizá alguno de los ámbitos sobre los cuales avanzar.
En el amplio marasmo opositor, lo que habrá es un juego de suma cero por alcanzar el segundo lugar y posicionarse como referencia en el mediano plazo. No hay incentivos para la cooperación; bajar una candidatura presidencial implicaría resignar la pelea por cargos legislativos, intendencias y hasta alguna gobernación. Se sabe que el altruismo es una moneda escasa en política.
Por el lado del Peronismo Federal, Rodríguez Saa y Duhalde si bien interpelan a un electorado y a un imaginario común, tienen poca afinidad entre sí y muchas cuentas pendientes. El puntano culpa al bonaerense por el mandato de su hermano, Adolfo, en la Presidencia de la Nación, que duró tan solo una semana. Además, una buena cosecha de votos el 23 de octubre otorgaría cierta legitimidad en la discusión interna con los pares federales. Demasiados intereses cruzados que hacen divergentes sus erráticas trayectorias.
Entre las filas radicales, los correligionarios parecen haberle pasado factura a Alfonsín por su alianza con De Narváez. Con el diario del lunes, aquella jugada tuvo más costos que beneficios. El hijo del ex presidente rompió con sus aliados socialistas priorizando un buen caudal de votos en la provincia de Buenos Aires. El corte de boleta en aquella provincia, no obstante, indicaría que los adherentes del “Colorado” eligieron algún peronista en la categoría para presidente. En el resto de las provincias, muchos aspirantes boina blanca a la gobernación procuran desmarcarse de la figura del hijo del ex presidente e incentivan el corte de boleta en sus pagos chicos.
Binner es –esto se ha dicho infinidad de veces en el último tiempo- quien aparece con mayores posibilidades de ampliar su base de apoyo en las presidenciales de octubre. Con un discurso diferente al del grueso de la oposición, matizando la opinión sesgada que repiten los medios de comunicación respecto del gobierno nacional, el Frente Amplio Progresista (FAP) se sustenta sobre un partido institucionalizado –el Socialista- y un liderazgo reconocido en el espacio –el gobernador de Santa Fe. En el corto plazo esta construcción se traducirá en un apreciable caudal legislativo; en el mediano, el desafío del FAP es constituirse en una opción que trascienda las fronteras de Santa Fe, dispute el poder por gobernaciones y se erija en una verdadera alternativa a nivel nacional.
A pesar de haber seleccionado candidatos previamente, las elecciones primarias han tenido decididamente un efecto en el escenario político. Consolidando a unos, castigando a otros, el pronunciamiento de la voluntad popular emitió un veredicto imposible de desoír. Resta saber cuánto cambiará en las presidenciales con respecto a los guarismos del 14 de agosto; al parecer, hay poco margen para las sorpresas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario