Una tendencia viene marcándose en el abultado cronograma electoral del país: la preeminencia de los oficialismos en casi todos los distritos. Tucumán fue el último ejemplo, donde el Gobernador Alperovich obtuvo un rotundo triunfo que lo ratifica en un nuevo período al frente de la provincia. A excepción de Catamarca, donde la candidata Corpacci se impuso en una de las primeras votaciones del año, en el resto de las elecciones hasta ahora lo que se ha podido observar es la tendencia a la ratificación de los oficialismos locales en cada distrito.
En algunos casos los guarismos no han sido iguales: Chubut fue el más parejo, donde Eliceche estuvo cerca de arrebatarle la gobernación al dasnevismo, aunque es cierto que hoy las preferencias políticas de la provincia han cambiado y sus gobernantes parecen inclinarse más por el proyecto de nuestra Presidenta que por la fuerza por la que compitieron electoralmente.
Entre las variadas explicaciones para dar luz sobre este fenómeno, pueden sugerirse dos: por un lado, lo riesgoso que es muchas veces asociar linealmente el resultado electoral de una provincia o distrito a la elección nacional. Hemos visto que previo a las primarias la oposición mediático-política se entusiasmó con un posible retroceso electoral del Gobierno Nacional frente a algunos resultados locales, como si por efecto de las mismas pudiera pensarse que el triunfo de Cristina corría algún riesgo. O, lo que es más arriesgado aún, como si la oposición estuviera motivada exclusivamente por el hecho de impedir un triunfo del FPV a nivel nacional, y que tal objetivo pudiera por sí mismo superar sus diferencias intestinas.
Pero la realidad es que el triunfo de los oficialismos en todo el país esconde una razón principal: y es que en circunstancias de estabilidad económica, la población tiende a reelegir a las autoridades existentes pues se asume que cambios en la administración podrían poner en riesgo dicha estabilidad. Y aquí es donde el argumento opositor, que a diario inunda a la opinión pública con dudas sobre el modelo, panoramas oscuros respecto al futuro o incertidumbres sobre el devenir económico del país, se desvanece progresivamente.
Es que, en efecto, desde que la fórmula Cristina Fernández- Amado Boudou obtuvo más del 50% de los votos en las elecciones primarias del pasado 14 de agosto, la oposición mediático-política no ha salido de su asombro ni ha dejado de ensayar todo tipo de respuestas para explicar no sólo la notable performance del oficialismo sino también la pobrísima actuación del conjunto opositor.
Estas respuestas fueron desde aquellas que asumieron una tímida actitud autocrítica y posturas un tanto más objetivas y racionales, hasta las que permanecieron enceguecidas en discursos reiterados y probadamente parciales y fallidos, o peor, aquellos que cayeron en la descalificación soberbia del votante que apoyó a la actual gestión.
Todas posturas que, en su mayoría, muy poco o nada pueden aportar al cabal entendimiento de lo que ha ocurrido no sólo el domingo 14 de agosto sino, más en general, de lo que ha cambiado en el país en los últimos ocho años.
Para citar sólo uno de estos “análisis”, podemos recordar el de una prestigiosa ensayista publicado en el diario La Nación donde, palabras más palabras menos, se reducía el triunfo de la Presidenta a su condición de viuda. Algo así como si diez millones de argentinos que eligieron aquel domingo la continuidad del actual modelo pensaran que el mismo se limita a la cualidad de un país que es gobernado por una mujer que ha perdido a su esposo en el ejercicio del gobierno. Otros, ya sabemos, prefirieron caer en la descalificación y en los análisis ridículos y peyorativos, buscando la explicación del triunfo oficialista en el hecho de que un votante mire un programa de televisión determinado. Estas actitudes no son más que el reflejo tan común de aquellos que, obnubilados por el rencor y el odio, pierden toda capacidad de análisis reflexivo.
Estos analistas y activos militantes de la oposición ganarían tiempo y capacidad de elaborar verdaderos proyectos alternativos a la actual gestión si comenzaran por abandonar su cerrado y autorreferencial círculo de análisis, limitado a específicos grupos sociales. Luego, podrían cruzar la Av. Gral. Paz y enterarse que más allá de la Capital Federal hay todo un inmenso país, diverso y complejo, que va desde los páramos del Altiplano hasta las selvas y verdes mesopotámicos, desde los desiertos de Cuyo hasta las praderas pampeanas, desde los calores chaqueños hasta los fríos fueguinos. Millones de realidades, millones de problemáticas. Nada que pueda ser reducido a la visión de las acomodadas y universitarias clases medias porteñas, y menos aún a la de la minúscula elite agropecuaria.
En ese país inmenso, complejo, diverso y real, es sobre el cual el neoliberalismo dejó profundas huellas durante 30 años. Huellas hechas de pobreza, marginación, desamparo, desempleo, cierre de industrias y campos, eternas promesas de mayor bienestar siempre incumplidas. Ese vasto y profundo país, tan alejado y desconocido para tantos “intelectuales” y porteños de a pie, es el que también votó el pasado 14 de agosto. Un país donde un día llegó el agua potable, donde un día después de tantas y falsas promesas llegó una cloaca, donde llegó el empleo y con ello las esperanzas, donde un día se construyó el hospital o la escuela que siempre se habían soñado, o se abrió la fábrica que tanto se había proyectado. Donde un día un par de vecinos por fin pudieron armar la cooperativa y empezar a producir algo para no tener que ir a la municipalidad a mendigar como había sido siempre, donde un día llegó la asignación universal y entonces se perdió el miedo de no tener que darle de comer al pibe. Nos referimos a ese país real, donde un día se asfaltó la ruta que siempre había sido de tierra, donde un día se tendió la línea de alta tensión, se terminó una represa o se reemprendió la construcción de otra. En ese país un día alguien obtuvo el DNI por primera vez y entonces sí pudo buscar trabajo.
Efectivamente, esa ruta de asfalto, esa cloaca, el agua potable, el gasoducto o el DNI pueden ser pequeñeces para aquellos que desde la cuna supieron y disfrutaron de ello, pero para quienes nunca lo habían tenido y siempre habían sufrido su ausencia su llegada transforma profundamente la vida cotidiana, es una pequeña y humilde revolución. Algo que de tanto soñar y nunca alcanzar se había olvidado, y que un día sin embargo se cumplió. Cuanto tiempo ganarían tantos analistas si en vez de sentarse frente a sus computadoras en su cómodo living a descubrir los misterios ocultos del triunfo de Cristina, se tomaran un colectivo hasta el Chaco profundo e hicieran el simple y elemental acto de preguntarle a un vecino por qué voto al actual gobierno. Allí descubrirían que nadie hablaría de viudez ni de programas de TV. Simple, humilde y alegremente responderían: “por el agua potable”, “por las cloacas”, “por el gas”, “por la escuela”, “por la luz”, “por el trabajo”, “por el DNI”, “por la ruta”, “por la asignación universal”, etc.
Otros, con aquellas elementalidades satisfechas desde hace tiempo, podrían decir que votaron por el sueño cumplido de vivir en un país donde los representantes del FMI no son virreyes que nos mandan como a rebaños, o acaso por volver a soñar con el proyecto de un país industrial que defiende su trabajo, o con la satisfacción de sentirse parte de un país que busca asociarse con sus vecinos antes que arrodillarse ante lejanos poderosos. Quizás también haya otros que siempre tuvieron agua y cloacas pero habían perdido el trabajo, y que entonces responderán que por haberlo recuperado votaron por Cristina, mientras un abuelo acompañe diciendo que cree en este Gobierno porque su jubilación ahora es digna y sabe que aumenta dos veces por año.Por lo tanto, a la hora de ensayar una respuesta a las razones de la consolidación del Proyecto Nacional en todo el país, es conveniente hacer todas estas consideraciones. Lo otro, hemos visto, no es más que mirarse el propio ombligo y continuar negando la impronta transformadora de esta fuerza política que desde el 2003 actúa sobre la realidad compleja y heterogénea de nuestro querido país.
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